16 abr. 2017

Una pascua en "familia".

Desde que tengo uso de razón, mi familia y yo (por "familia" entiéndase mamá, papá y hermana) hemos pasado las Pascuas en nuestro pequeño, pero no tan pequeño, departamento. En otras oportunidades la hemos pasado en casa de mis abuelos, en Córdoba (recordemos que quien escribe es nacido en Córdoba, pero ha vivido toda su vida en el Conurbano Bonaerense). De chico no solía disfrutar esta fecha porque lo que se almorzaba y cenaba en el jueves y viernes santo SIEMPRE era un problema para este servidor. "Mamá, ya te dije que no me gusta el pescado porque me atraganto con las espinas!", solía gritar en esos días. Sin embargo, con el tiempo fui creciendo y ciertas costumbres que mi familia llevaba adelante fueron cambiando poco a poco. Por costumbres me refiero a volverse muy exigentes con el tema de no comer carne, jamón, ni cualquiera de sus derivados. Incluso, recuerdo que hasta ibamos a misa y los domingos de Pascua siempre era toda una ceremonia bastante importante, dónde claramente me querían hacer entender que lo importante no eran los huevitos de chocolate, ni los juguetes que un producto pudiera traer dentro. La "magia" de esos días estaba en la unión de la familia y los amigos. Ojo, sé que ese discurso se lo saben todos, pero realmente no le di la importancia que merecía hasta este año. Supongo que se estarán preguntando porqué, ¿verdad? Bueno, lo cierto es que este año (más precisamente anoche, 15/04/17) tuve la oportunidad de compartir, por primera vez, unas pascuas con amigos (o más bien, amigos de mi actual pareja)- ¿Y saben algo? ¡Fue genial!
Y ustedes se preguntaran qué tiene de genial compartir dichas fechas con amigos, ¿no? Desde mi perspectiva, lo que celebro no es tanto el estar con amigos, sino que esos amigos o esa gente logren cumplir el rol de familia a su manera. Obvio, si estás lejos de casa y tus padres no están con vos, siempre vas a sentir que te falta algo, pero muchas veces, aunque cueste creerlo, los amigos logran cumplir muy bien el papel de "familia", ya ni siquiera de padres, sino de sujetos unidos y organizados con el fin de acompañarse los unos a los otros.
Quienes me conocen saben que soy hipersensible (y más sensible y llorón estoy en estos últimos días) y que cuando la gente me demuestra cariño, me abraza y me contiene (sin siquiera haberlo pedido) tarde o temprano me quieb... bueno, si... ME QUIEBRO, CARAJO! (y si, me quebré al escribir esa última frase). El tema de mi "Hipersensibilidad" creo que lo dejaremos para otro capítulo de esta bitácora, ahora no es el momento de discutir eso.
Volviendo a mi descargo, siento que cuando la felicidad y la buena onda de la gente es real, me emociona. A veces, me pregunto si será que en mi circulo de amistades eso no se ve, si mi gente es muy fría o yo soy un hielo con ellos. No quiero que me vean como una persona débil, que llora porque quiere o porque algo en su vida anda mal. Nada en mi vida anda mal y las Pascuas me lo han dejado más que claro. No lloro de tristeza, ni por ausencia, lloro por sentirme querido. ¿Falta de amor? no, no lo creo. Yo lo llamaría... "reconocimiento de amor". Reconocer y aceptar que el amor es mutuo y es verdadero, eso me hace bien. Quizás, esté relacionado con viejas amistades que con el tiempo me decepcionaron, amores con los que no hubo suficiente química y pasos que en el pasado no me animé a dar. Por eso, quiero agradecerte a vos y a tu gente eso, la compañía y que me hayan abierto, otra vez, las puertas de tu casa. Eso tiene mucho valor para mi, aunque Dios sabrá porqué.



Hoy, estoy sentado en la enorme silla de mi cuarto. Tan enorme que la cabeza me queda a mitad del respaldo, pero me gusta sentirme "jefe" de mi oficina, de mi espacio. Mientras escribo, reflexiono, pienso, sonrío, lloro, largo una carcajada al aire y vuelvo a soñar.
Sé que a la persona que amo se lo he dicho un millón, seguro no debe querer escuchar más salir de mi boca la frase "gracias por todo lo que haces por mi". Pero si, soy así... extremadamente agradecido, educado, tímido, resguardado, pero amo, siempre amo y amo a mi manera. Esta es mi forma, con las palabras, con las lagrimas que caen sobre el teclado con el cual estoy redactando esto. Ese es el camino que encuentro para expresar lo que tengo bien adentro, en el pecho, eso que con acciones a veces no me animo a hacer. Si, amén de ser muy respetuoso, también soy muy empático (demasiado, diría yo) y a veces no abrazo o no beso por miedo a ser pesado. Irónicamente, quizás sea pesado con las palabras, no lo niego. Soy dulce y pesado con mis palabras, igual que un huevito de Pascua, y amargo y ácido en mis acciones, como ese vino tinto que todavía sobra en mi copa, pero que se mantiene en la comisura de tus labios, esos que todavía piden a gritos ser besados.






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