7 may. 2017

Mi amor.

   Hay veces en la vida en las que no sabés porqué ocurren las cosas, pero ocurren. Y la historia que hoy les vengo a contar es una de las más importantes que he vivido en mis 22 (casi 23) años de vida. He crecido con historias de amor convencionales, confusas, apocalípticas, enfermizas, de esas que no te dejan respirar, pero también, ha habido de las buenas. Hoy, les puedo asegurar que no soy ni la sombra de lo que fui con 18 años, ¿y saben qué? no puedo estar más orgulloso de ello. Creo, honestamente, que tratamos el amor como algo de este mundo, algo que a veces desvalorizamos y reducimos a un simple "te quiero", pero... ¿y si es algo más? Hace mucho decidí que el miedo es para cobardes. Me refiero a ese miedo profundo y oscuro, que no te deja ser feliz, ese que a veces te presiona fuerte el pecho, te indigna, te hace llorar y ayuda a que te replantees cosas que no deberías pensar ni por un solo segundo, ese que a veces me ha hecho colapsar y arruinarlo todo. Si, ese miedo al que dirán, que no te permite ser feliz, ese que no te permite decirle "me gustas" a la persona que sabés que debe saberlo, ese que reprime algo tan lindo como es el sentimiento de amar.
    Aquel día sentí que nuestras vidas ya se conocían. Esas miradas, que venían desde lo más profundo, no eran de este mundo. Ahora, no compartimos el mismo camino, tenemos dos que se complementan, que se entrecruzan y que darán paso a la siguiente vida, en la que estoy seguro que volveremos a encontrarnos.