13 may. 2017

Historia de un sueño.

   El viernes por la noche ya había llegado y, como de costumbre, se me hacía tarde para llegar a tu casa. Un poco con los pelos húmedos, despeinados, pero con un outfit bastante elegante, decidí emprender mi camino. Entre trenes y subtes nada interesante pasó, mi cabeza y ansiedad querían llegar a destino lo antes posible. Finalmente, llegué a tu hogar y me recibiste con los brazos abiertos, o bueno... al menos eso intentaste hacer mientras cocinabas la cena.
   La lasagna, que estaba conformada por varias fetas de queso, carne picada, una salsa blanca que aun desconozco su nombre y una especie de salsa bolognesa, fue consumida en un suspiro. Yo, como siempre, dejé algún que otro resto. Si, ya sabés que no soy de mucho comer.
   El chocolate, que esa noche hizo el papel de postre, lo consumimos en un santiamén y, con mucha tranquilidad, nos dirigimos a dormir.
   Esa noche fue distinta el sabor de las caricias que me entregaste. El cansancio a veces puede más, y lo entiendo. Tampoco me voy a poner muy exigente, soy humano y también me canso.
   Pasados algunos minutos, te dormiste muy profundo (demasiado rápido, diría yo) y, como me negaba a creerte, comencé a besarte pensando que en algún momento una sonrisa iba a salir de tus pálidos labios y te ibas a empezar a reír. Intenté e intenté, pero nada pasó, absolutamente nada. Bueno, si... si pasó algo... pasó que me balbuceaste algo en tu lengua madre, así que mucho no entendí. Además, me sacaste una de las almohadas que estaba usando y te adueñaste de ella, también de tu sueño, claro.
   Sin chistar, miré el techo e hice un esfuerzo por cerrar los ojos. Lo hice y soñé algunas cosas, aunque poco relevantes para el actual relato. El sueño ya nos había invadido a ambos.
   Como cada semana, el despertador marcando las cinco de la mañana, sonó. Con mucha pereza y habiendo intercambiado algunas palabras, nos despertamos. Minutos más tarde, me acompañaste a la boca de subte, me pediste que me cuidara y, si no recuerdo mal, me susurraste un "te adoro" al oído, mientras abrazabas mis abrazos.
   Mientras regresaba a casa, nada relevante pasó. Solo quería eso, llegar a casa.
   Una vez allí, te avisé que todo estaba en orden y me fui a dormir, aunque... con la cabeza llena de pensamientos y un poco triste por un motivo que hasta el día de la fecha desconozco. Cerré los ojos y me dormí muy profundo.
   De repente, recibí un llamado de mi hermana.
- "¿Mi hermana? ¿qué hace llamándome a estas horas de la mañana?", pensé.
Palabras más, palabras menos, me dijo que me pasaría a buscar en su auto (¿qué auto si ella carece de uno y tampoco sabe manejar?) y que me llevaría, nuevamente, a tu casa.
   De ahí en más, recuerdo haber aparecido en tu habitación. Seguía igual que siempre, oscura y lúgubre, con una luz muy tenue que salía de la pantalla de tu notebook (portátil). Seguías ahí, durmiendo en la misma posición, con la misma ropa de hace un rato, como si nunca me hubiese ido de ahí.
   De repente, aparecí en un pasillo que conecta la línea de subte C con la D (quienes tengan la oportunidad de vivir en Buenos Aires, sabrán que no es un lugar muy simpático para estar). No tengo ni la menor idea de que hacía ahí, otra vez, si acababa de pasar por ese lugar hace solo unas horas. La diferencia, estaba en que esta vez estaba con tus amigas. ¿Qué hacían tus amigas conmigo? Solo Dios sabe, pero ahí estaban y, curiosamente, querían ir a mi casa. ¡Estaban todos, incluso vos invitados y ni estaba enterado!
   Tiempo más tarde, las mismas chicas aparecieron en uno de los pasillos de mi casa. Balbuceaban cosas en portugués, así que no terminé de captar la idea de lo que estaban hablando. Seguí sin entender que ocurría.
   Nada de lo que estaba pasando tenía coherencia. Y, cuando quise darme cuenta, un sonido bastante fuerte invadió la situación, por lo que todo empezaba a desvirtuarse. Mis ojos se abrieron muy desesperados, intenté identificar el lugar donde estaba. "¿Estoy en su casa? ¿Estoy en la mía? ¿Tengo que irme rápido para estar temprano en casa?", me cuestioné.
   Después de tanto pestañear y enfocar la vista me encontré ahí, en "nuestro nido", como te gusta llamar a "nuestro" cuarto. Me di media vuelta, te miré, acaricié tu mejilla, bese con delicadeza tus labios y así di comienzo a nuevo día de nuestras vidas.

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